No trajo el fuego de los dioses. Trajo una lamparita china que alumbra casi igual.
Prometeo robó el fuego de los dioses y fue condenado a permanecer encadenado a una roca. Juan José Díaz Infante intentó lanzar un satélite artístico desde México. El Olimpo contemporáneo no lo encadenó a ninguna roca: hizo algo más mexicano y eficaz: le pidió requisitos, lo mandó a otra ventanilla, prometió presupuesto, cambió de funcionario y dejó su satélite esperando indefinidamente.
Todo comenzó cuando Juan José tuvo que elegir entre comprarse un Cadillac convertible o construir una nave espacial. Eligió la nave.
Así nació Ulises I, un pequeño satélite creado por artistas, músicos, científicos e ingenieros mexicanos para transmitir poemas, música y mensajes de paz desde la órbita terrestre. O eso cuentan. Porque a fuerza de repetirse, la historia de Juan José se volvió una de esas leyendas que viven en internet a medio camino entre el prodigio y la fábula: nadie sabe del todo si fue un genio, un farsante o un profeta; ni siquiera si sigue ahí.
Ulises III sale a buscarlo. Y lo encontramos: un Prometeo que no consiguió traer el fuego del Olimpo, pero volvió con una lamparita china que alumbra casi igual, se comparte con todos y no altera el funcionamiento del universo. Su heroísmo no consiste en poseer poderes extraordinarios, sino en seguir haciendo arte y ciencia de vanguardia al mismo tiempo, mientras quienes lo rodean tratan de explicarle por qué no se puede.


