La última historia de amor antes de que todo cambiara.
San Juan de Aragón, 1982. En la barda de enfrente, el PRI victorioso promete una «renovación moral de la sociedad». Elena intenta mantener intacta la vida que construyó tras la muerte de su marido, Javier. Alguna vez fue cantante, pero dejó los escenarios para criar a sus hijas; hoy trabaja en la farmacia del tío Refugio, un viejo líder de la CTM, agrio, rabo verde y convencido de poder administrar las vidas ajenas. Por las noches, Elena ve a su marido muerto rondando la casa: sabe que no es una aparición sobrenatural, sino el fantasma metiche de su miedo a quedarse sola.
Entonces llega Ibe (Isbelia), su nueva vecina: chaparrita, sensual y bullanguera. Aparece en un Galaxie 75 con una maleta mínima y un juego de Tupperware donde guarda desde sándwiches hasta licuados de plátano con Pancho Pantera. Elena la detesta por libre, por loca, por risueña y porque sus hijas la adoptan de inmediato.
Una barda entre las dos casas, caída y sin reparar desde el sismo de 1979, se convierte en un puente permanente con el pretexto de pequeños préstamos domésticos. Sin proponérselo, las dos mujeres y las niñas forman una familia que en esos años todavía es difícil nombrar. Pero cuando Ibe queda embarazada de un chofer que jamás sabrá que ese hijo existe, la nueva vida amenaza con deshacer justo lo que empezaban a construir. Para no perderlo, Elena tendrá que recuperar su voz, despedirse por fin de Javier y atreverse a lo que siempre quiso sin saber pedirlo: una cómplice al lado, una vida acompañada pero sin dueños, sin ataduras, sin permiso.
La propaganda electoral desteñida termina cubierta por un mural que las vecinas pintan juntas, testimonio de su propia revolución moral. Y (¿cómo saberlo?) la mañana del 19 de septiembre de 1985 todo cambiaría, incluida la idea de la tradicional y sacrosanta familia mexicana.


